SOBRE MÍ

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De mí… de mí no quisiera decir mucho, porque soy una más de esas personas tímidas/extrovertidas, esas que niegan ser ambas cosas y a la vez lo son. En fin…

Prefiero que cuando nos conozcamos me descubráis, aunque ya me han dicho muchas veces que me delata la sonrisa, sobre todo cuando se dibuja en mis ojos.

Se puede, se suele sonreír con la mirada, doy fe.

Creo que soy una gallega ejemplar, y no porque me vayan a dar ningún premio, sino porque me gusta la morriña, la saudade… y el pulpo con cachelos (y en todas sus variantes).

¿Por qué fotografío? Humm… a ver, ¿por qué lo hago? Siempre hubo una cámara en casa, fue un juguete más, cosa que por cierto no le gustaba mucho (nada) a mi abuelo, el dueño de las cámaras. De ahí que, muy listo él, me regalara ese placebo que tuvimos tantos niños, la camarita de plástico que al pulsar soltaba el resorte con un muñeco sonriendo y una tonadilla de burla. Pero yo iba en serio, aquello me gustaba y tonta… lo que se dice tonta no era. A sus espaldas seguía jugando con la de verdad, desplazando torpemente el objetivo, enredando con enfoques, diafragmas y sobre todo con las distancia, con las que volaba allá lejos hacia aquel símbolo tan raro, el del 8 horizontal, el infinito. ¡Qué cosas! ¡Enfocar el infinito!

Pero si había algo que me gustaba casi tanto o más que sacar fotos, era ver fotos. Me pasaba horas y horas ojeando todas las de la familia, una y otra vez. Creo que me ayudaban a cubrir huecos de la historia, a completar, a entender nuestra vida.

Y es que eso son las fotografías y los álbumes de fotos. Libros de historia, de la que más cerca nos toca. Bien es cierto que captan el instante, pero creo que en las fotos hay mucho más. Hay obviamente pasado, conservan el pretérito asentado en las arrugas delatoras por lo que se ha reído y llorado, en los cambios de altura, en las melenas y su falta, en las posturas adoptadas por el cuerpo y el alma. Hablan de nosotros, hasta la del DNI.

Emotividad, Melancolía, Revivir.

Además también estoy convencida de que las fotos no solo captan la persona, van más allá, retratan el mundo que le rodea. Conservan la memoria viva de un paisaje que, mucho tiempo después, la evocación duda si ha convivido con y en él. Pues sí, existió.

Y eso es importante.

El futuro no retrato aún. No me pidáis, eso no… que no soy adivina. Ni quiero.

Mi oficio es una pasión, es una voluntad, un compromiso de hacer las cosas bien.

Huyo mucho de los posados forzados, mi estilo no es el clásico. Digamos que me gusta pensar que hago más una fotografía “de vida” y “durante la vida”, aunque tomándome una ligera licencia con la fotografía de un recién nacido o en los reportajes infantiles, donde sí me gusta recrear un poquito de “magia” y “fantasía”: la infancia es eso, jugar e imaginar. Por eso mantengo un estilo limpio, cuidando mucho la estética, de manera que esos niños, cuando sean mayores, no se “avergüencen” de esas fotografías tomadas en su inocencia. Suele pasar ¿A que sí?

Mis sesiones pueden plantearse como una tarde de paseo donde yo apenas intervengo en la fotografía. Son un rato a mi lado, lento y pausado.

Me gusta trabajar con luz natural. Adoro el sol (y que me perdonen las estrellas), pero entiendo que si el sol ya está puesto allá arriba y él se encarga de iluminar todo, si la luz ya está justificada, ¿quién soy yo para sumar nada? Bueno, un toquecito de rímel, sombra aquí, sombra allá…

Como todo el mundo me lo pregunta, os cuento que Plumeria -el nombre de mi empresa- viene de una de mis flores favoritas. Una flor no muy grande, delicada, que sólo se da en climas muy cálidos y… muy sencilla, apenas tiene cuatro pétalos y su variante más común tan sólo tiene dos colores: blanco y amarillo, pero desprende un olor… fascinante y muy intenso.

Cuido mi trabajo con mimo y cariño, porque entiendo que cuando os hago una foto, ya sois parte de mi vida.
Además, siempre aprendo algo con vosotros.